lunes, 21 de octubre de 2013

1920 - capítulo XI

Título: 1920 (un fanfic del Bicentenario)
Fandom: JE
Parejas: Akame, Tomapi, Maruda y otras secundarias.
Género: AU, Romance
Rating: NC-17
Advertencias: Situaciones de consenso dudoso, temas oscuros. Excesivo fanservice.
Resumen: Corre el año 1920 y en los campos del sur de Chile el Patrón Akanishi desea tener un sirviente personal como el del señorito Ueda. Su amigo Yamapi le ayuda a conseguir uno, llamado Kazuya...


Para Yamapi, en las afueras de la fonda, subirse a su caballo fue toda una odisea. Maldito caballo que se movía, también era culpa del piso… maldito caballo y maldito piso que se movían.

Habiendo superado esa prueba, cabalgó con algo de dificultad hacia su fundo. Yamapi tenía razón, su caballo conocía perfectamente el camino de regreso a casa, y el camino pasaba por el fundo de Jin. Para entonces, Yamapi había logrado tolerar un trote suave casi manteniendo por completo el equilibrio, aún así, la velocidad no era suficiente como para no notar las conocidas rejas de hierro forjado y la familiar casa al final del camino de entrada. La culpa se hizo presente.

Tomando distancia del momento, habiendo cabalgado al aire libre por varios minutos, se sintió mal de haber abandonado a su amigo en ese lugar. Y en el piso. Además, andaban bandidos rondando y en su estado era un blanco fácil. Pero él estaba ebrio también y apenas había podido subirse a su caballo, sólo pensar en cómo sacar a Jin de aquel lugar, subirlo a un caballo y llevarlo a su casa lo hacía sentir cansado. Por otro lado, el fundo de Jin estaba cerca, no lo había pasado hacía tanto, y al menos podía avisar que el patrón estaba muy ebrio, tirado en el piso de una fonda. Era una tarea perfecta para su sirviente personal.

Utilizando toda la habilidad que le quedaba a su cuerpo amodorrado, hizo al caballo devolverse y desandar camino hasta llegar a la entrada principal. Llamó a todo pulmón hasta que apareció uno de los sirvientes de Jin.

- El patrón no está – le dijo Junno sonriendo, mientras se acercaba a él.

- Lo sé –respondió Yamapi–, llama a su sirviente.

Junno asintió y entro a la casa en busca de Kazuya que ya se encontraba durmiendo.

- El señor Yamashita quiere verte.

-¿El señor Yamashita? ¿Llegó el patrón? – preguntó Kazuya sentándose en la cama.

- No, viene solo.

Kazuya se preocupó, recordaba que Akanishi había salido con él. Quizás el señor Yamashita estaba ahí porque algo malo había ocurrido. El hecho de que Junno estuviese sonriendo lo tranquilizaba, pero, pensándolo bien, Junno siempre sonreía.

Rápidamente se puso los pantalones y salió casi corriendo de la casa, donde Yamapi esperaba.

- Buenas noches señor, ¿ha… ha pasado algo con el patrón?

- Sí, nada grave – se apresuró en decir para calmar a Kazuya. –Es sólo que no pude traerlo porque está muy ebrio y se negó a cooperar… y estaba intratable. La última vez que lo ví estaba tirado en el piso de una de las fondas del camino del sur, creo que debes ir a buscarlo y traerlo sano y salvo de vuelta.

- Sí, lo haré señor. Gracias por avisar.

- Buena suerte – dijo Yamapi antes de partir – y paciencia. Aunque supongo que la debes tener si eres su sirviente.

Kazuya no perdió tiempo y se dirigió raudamente hacia el establo, donde Junno ya estaba ensillando un caballo para él. Kazuya se lo agradeció con una inclinación de cabeza antes de montar y partir a toda velocidad hacia donde Yamapi le había indicado que estaba su patrón.

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Finalmente MatsuJun había convencido a Toma de beber tres copas de cognac, fumar un cigarrillo de tabaco importado y hasta intentar ensayar una coreografía con él. Y aunque no podía negar que había pasado una noche agradable, ya era hora de volver al fundo de Yamapi.

-Fue bueno volver a verte -se despidió Toma, ofreciéndole su mano a Jun, que la estrechó para luego tirar de ella con una sonrisa divertida y abrazar con afecto a Toma, palmeando su hombro.

-Espero que no sea la última vez.

La única respuesta de Toma fue una mirada algo nostálgica, pero su boca no dejó de sonreír. MatsuJun lo observó con una expresión algo divertida que Toma no logró descifrar. Sin más palabras, se subió a la carreta y la puso en movimiento, dedicándole un gesto con la mano a Jun como despedida. Detestaba decir adiós.

La Divina lo observó perderse en la noche mientras se alejaba, apoyado en una de las paredes de la casona y escuchando complacido el murmullo de la actividad bullente en su interior. Antes de que la carreta despareciera completamente, Sho llegó a apoyarse a su lado.

-Odio las despedidas -declaró con un suspiro, mientras bajaba con una mano el ala de su sombrero.

Jun abrió su abanico y levantó una ceja, contrayendo su rostro en una mueca que Sho conocía perfectamente. La sonrisa que Jun intentaba esconder bajo el encaje no presagiaba nada bueno.

-No es una despedida -sentenció Jun, cerrando el abanico con un resoplido contrariado. -No es para nada una despedida.

Se volteó y caminó con determinación hacia la entrada de La Tormenta. Tenía clientes que atender y un negocio que no se administraría solo. Sho lo siguió de cerca, ligeramente preocupado. Temía intrínsecamente cuando su jefe entraba en ese tipo de humor.

-¿Qué piensas hacer? -preguntó, junto a la puerta.

-Nada -contestó Jun mirándolo por sobre el hombro y giró la perilla antes de agregar, con una mueca sardónica muy típica en él. -Por ahora...

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Toma guió la carreta sin problemas por el camino a oscuras. Sentía una extraña urgencia por llegar al fundo de Yamapi y no estaba seguro de dónde provenía. Si así se sentía el ansia por la separación cuando estaba a sólo unos pocos kilómetros de él, temía por sus emociones cuando Yamapi estuviera a más de un océano de distancia.

Apuró el paso de los caballos todo lo que pudo, pero la noche estaba increíblemente oscura y no podía ir todo lo rápido que deseaba. Tardó más de lo que quería en llegar y el panorama que lo recibió justificó su necesidad de apuro como una corazonada.

La madre de Yamapi lloraba de manera histérica, abrazada al capataz del fundo que parecía haber llegado recientemente de alguna cabalgata apresurada, a juzgar por su agitación y los resoplidos de su caballo, a pocos metros de él.

Hizo parar la carreta y se bajó hábilmente de ella, corriendo hacia el lugar en que Yamapi gritaba pidiendo información de algún tipo, visiblemente afectado.

-¿Qué sucede? -preguntó a otro de los sirvientes, que estaba llorando con la mirada perdida en dirección a los corrales de animales. Toma creía recordar que su apellido era Masuda.

-Un ladrón robó unos cerdos –Masuda sonaba devastado. –La señorita Rina salió persiguiéndolo... pero aún no llega de vuelta –informó en medio de sollozos y luego se volteó para mirar a Toma con desolación. –Hace una semana dejé que el patrón Yamapi me convenciera de dejar de dormir con ellos... es mi culpa que esto pasara.

Toma no hizo más preguntas. Sabía de la apegada relación de Masuda con los animales, que había privado a la casa de la carne de cerdo hacía años. Eran los cerdos mejor cuidados de toda la región y ganaban exposiciones, pero no podían comerlos. Masuda se oponía vehementemente a ello.

Un movimiento repentino de Yamapi llamó la atención de Toma, que corrió a su lado.

-¡Toma! –exclamó Yamapi, abrazándolo con fuerza. Su voz sonaba quebrada y su cuerpo se sentía tenso.

-¿Qué pasó con Rina? –preguntó, separándose de él un poco para intentar controlarse. Ver a Yamapi así, tan vulnerable, hacía que todos sus instintos se agudizaran y sólo quisiera confortarlo.

-Vamos a ir a buscarla. Con Keiichiro y otros –las palabras atropelladas de Yamapi delataban su estado alterado.

-¿Saben por dónde se fue el ladrón?

-No, señor –respondió Keiichiro, claramente intentando contener el llanto. Había dejado a la madre de Yamapi al cuidado de una de las cocineras que ahora la hacía beber un vaso de agua con azúcar. –Partí detrás de ellos, pero los perdí después de un rato.

-¿Entonces...?

-Toma... no puedo quedarme aquí. Tengo que ir a buscarla.

-¡Pero no sabes por dónde buscar!

-No puedo quedarme aquí de brazos cruzados -los ojos de Yamapi lucían tan borrosos como sus palabras.

-Debemos ir a la policía, Yamashita. Ellos sabrán qué hacer.

-¿Crees que todavía estás en tu maldita Europa? –Yamapi intentó no descargar su nerviosismo en Toma, pero le era imposible. –La policía aquí debe estar en la estúpida fonda en la que dejé al idiota de Akanishi, ¡más ebrios que él!

Yamapi había comenzado a avanzar, con violencia, en dirección a los caballos. Toma se interpuso en su camino, pero Yamapi no se detuvo.

-¡Hey! ¡Yamashita! –lo llamó Toma, tomándolo de los hombros para detenerlo, conteniéndolo a pesar de la inercia y la necedad de Yamapi, aún poco inclinado a detenerse. -¡Basta!

El embate de Yamapi se convirtió en un empuje débil y Toma rodeó sus hombros.

-No sé qué hacer, Toma... no sé qué hacer.

Yamapi se sentía aún bastante ebrio, ebrio y desesperado. Toma era lo único que lo anclaba a la sanidad mental y se dejó abrazar unos minutos, ansiando despejarse, poder pensar con claridad. Deseando que Rina estuviera a salvo.

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El ladrón se daba muchas vueltas extrañas, logrando alejar a Rina cada vez más del camino, haciéndola perder el sentido de la orientación. Claramente estaba intentando asustarla, despistarla, pero ella no se daba por vencida y lo seguía aunque casi lo perdía de vista. La persecución la llevó hasta un escuálido bosque en el que abundaban los espinos, donde se vio obligada a disminuir la marcha. Sin embargo, podía ver el caballo del bandido enfrente suyo, a bastantes metros de distancia pero aún alcanzable.

Después de un rato de huir de su odiosa perseguidora, el bandido se rindió y dejó de dar vueltas, intentando usar los árboles cada vez más frondosos como parapeto hasta llegar cerca de una cueva, que era la guarida de su banda.

Cuando estuvo seguro de haberla confundido al menos, se bajó del caballo y esperó a la mujer que lo seguía, pues sabía que aún no se daba por vencida y ya no había mucho que hacer o mucho que quisiera hacer al respecto. Tenía un arma, pero odiaba usarla con personas inocentes.

Rina se detuvo enfrente del ladrón y se miraron algunos segundos antes de que Rina notara que tenía el arma desenfundada y la estaba apuntando. El bandido parecía demasiado seguro de sí mismo y llevaba el rostro descubierto. Rina apretó la correa de la escopeta que colgaba de sus hombros, calculando las posibilidades que tenía de reducir al ladrón antes de que éste le disparara. Él pareció adivinar sus pensamientos y negó con la cabeza, sonriendo de manera burlona.

- Bájate- le ordenó secamente.

El cuerpo de Rina se tensó, pero obedeció la orden sin decir ni una palabra y frunciendo el ceño, intentando parecer amenazante. Apenas bajó del caballo, el ladrón la tomó de la muñeca, torciéndole el brazo hacia atrás y colocándose pegado a su espalda. Podía sentir el arma que aún la apuntaba e intentó parecer menos asustada de lo que realmente estaba.

-Si yo fuera tú, no intentaría hacer nada extraño –susurró el ladrón en su oído mientras la guiaba por entre unos matorrales hacia una formación rocosa.

Los ojos de Rina tardaron unos instantes en acostumbrarse a la luz cuando finalmente llegaron a un recoveco de la cueva que claramente era la guarida del ladrón. Tardó aún otros instantes en darse cuenta de que el lugar tenía más habitantes.

Siete pares de ojos se fijaron en ella, curiosos, y por primera vez recordó que sólo vestía un abrigo ligero sobre su camisón de dormir de verano. Miró de reojo hacia abajo, para constatar su apariencia, lo que no le ayudó mucho a tranquilizarse: tenía el chaquetón sin abrochar y los botones de su camisón se habían abierto dejando ver una generosa porción de escote, eso sin contar los trozos que había perdido entre los espinos y que habían dejado el dobladillo de la prenda mucho más corto y desigual.

Dos figuras que parecían masculinas se acercaron a ella con intenciones discutibles y Rina retrocedió instintivamente, acortando aún más el mínimo espacio entre su cuerpo y el del ladrón, que apretó el agarre a su alrededor mientras reía suavemente en su oído.

-Qué horrible animal robaste esta vez, Tanaka -Rina escuchó decir a una voz contrariada que venía de uno de los lugares oscuros de la guarida.

Indignada, entornó los ojos hasta distinguir una figura de cabello medianamente corto acuclillada en un rincón y la maldijo en silencio.

-Cierra la boca, Fujigaya –respondió el ladrón tras de Rina. –Y alguien alcánceme una cuerda...

Tanaka, repitió Rina en su mente, dispuesta a recordar su nombre para hacer la denuncia en cuanto pudiera escapar de aquel lugar. Comenzó a buscar posibles rutas de escape, pero no lograba ver bien.

Después de algunos segundos, alguien le lanzó finalmente una cuerda a Tanaka, que se alejó lo suficiente de ella como para recogerla, pero no como para que intentara huir. Aunque dejó de apuntarla con la pistola, Rina pudo distinguir que otros miembros de la banda la tenían en la mira.

Tanaka le quitó la escopeta con un movimiento certero antes de amarrar sus manos en su espalda, Rina probó la resistencia de la cuerda y comprobó que era un nudo bastante firme. La realidad de la situación comenzó a ser aplastante, especialmente cuando las dos delgadas figuras que habían comenzado a acercarse a ella al principio retomaron sus intenciones. La expresión burlesca de sus rostros no le gustó para nada cuando finalmente pudo verlos a la luz de las lámparas de gasolina.

-¡Nadie la toca! ¿Entendieron? –bufó Tanaka con ferocidad, aún fuera del campo de visión de Rina, que sintió su pulso acelerarse aún más, por razones completamente diferentes al miedo.

La molesta figura acuclillada en las sombras, a la que Rina ya detestaba, rió por lo bajo y se puso de pie.

-Vámonos, hermanos –lo escuchó decir. –Dejemos a Tanaka con su animal salvaje a solas.

Rina sintió ganas de gritar.

Las siete figuras se perdieron una a una en las sombras de la caverna y Rina no pudo evitar posar la mirada en ellos mientras se retiraban: eran jóvenes, algunos de su edad y otros menores, y se veían desnutridos. Sintió lastima.

Sin embargo, no pudo cavilar demasiado al respecto. Una vez que los demás miembros de la banda hubieron desaparecido, Tanaka la volteó con fuerza, obligándola a enfrentarlo.

- ¿Qué pretendías siguiéndome hasta aquí? ¿Quieres morir? – preguntó el ladrón, entre la agresión y el reto.

Las mejillas de Rina enrojecieron violentamente, no quería ser regañada por un extraño, menos uno que robaba cosas de su casa.

- Quiero mis cosas de vuelta –exigió con firmeza, contenta de sentir que la voz no le temblaba.

- No -respondió Tanaka, divertido.

- Hagamos un trato. –ofreció Rina mirando sus ojos, recordando el día en que los había visto por primera vez. Su mirada era tan intensa que jamás había podido olvidarla y, aún conciente del peligro, sentía un escalofrío recorrer su espalda cuando se atrevía a mirar en ellos. -Sé quién eres, te recuerdo, te vi en el pueblo…

- No era yo.

- Sí, estoy segura, recuerdo tus ojos – dijo Rina, intentando apuntarlos con la barbilla.

- No he ido al pueblo – respondió él, desviando la mirada.

- En fin, sé quién eres y sé donde te escondes –no mencionó que recordaba que, la primera vez que lo había visto, Tanaka estaba auxiliando a un cachorro herido. Era esto lo que la tenía convencida de que no la dañaría. -Si me devuelves mis cosas no diré nada. Lo prometo.

El bandido la miró, incrédulo. Sin embargo, podía sentir la indecisión en él. Seguramente mantenerla prisionera sería un problema y no creía que estuviera en sus planes matarla.

- Puedes quedarte con el maíz –ofreció Rina, pensando en los delgados chicos que habían dejado la guarida hacía unos minutos. Lo que hacía Tanaka estaba mal, sin embargo, se sentía culpable de quitarles el alimento. -Pero devuélveme los cerdos…

- ¿Por qué tendría que hacerlo? No estás en posición de exigir ni negociar.

- Por favor… Masuda sufrirá… es nuestro cuidador de cerdos, los ama como si fueran sus hijos. El maíz ya no importa, puedes quedártelo. Y no diré nada de ti, ni de esta cueva. Es tu mejor opción –aseguró Rina, con vehemencia. –Mi hermano ya debe estar buscándome, si me mantienes aquí te encontrarán, te aseguro que lo harán.

Tanaka pareció considerarlo. En realidad, pensó Rina, no tenía razón alguna para confiar en ella y se estaba arriesgando mucho basada en un presentimiento y una acción gentil que había observado en él. El posible amor por los animales de Tanaka podía no indicar nada. Y sin embargo confiaba en él. Se sentía como una de las heroínas de las hermosas historias de amor que leía a escondidas de su hermano.

Un movimiento súbito del ladrón la sacó de su ensueño. Observó consternada como sacaba un puñal de su bota y se acercaba a ella con expresión indescifrable. Cerró los ojos, despidiéndose de la vida cuando el bandido se abalanzó sobre ella, rodeándola con los brazos, seguramente para apuñalarla en la espalda...

Tanaka cortó con un movimiento seco y seguro las ataduras de sus manos, pero Rina tardó en notar que el aire seguía llegando a sus pulmones. Cuando abrió los ojos, la intensa mirada de Tanaka la mantuvo inmóvil, a centímetros de él.

- No confío en ti –le dijo, con una sonrisa algo torcida a centímetros de sus labios.

- No diré nada, lo prometo.

- Lo que digas –bufó él, devolviéndole los cerdos y alejándose de ella con un movimiento violento. Rina se sintió extrañamente decepcionada, especialmente cuando el bandido volvió a cubrir su rostro con el pañuelo que llevaba al cuello. -Ahora vete… y no vuelvas a hacer algo tan estúpido de nuevo.

- ¿Quién eres, mi madre?

- Soy una persona peligrosa, con un arma, que pudo haberte matado.

- Pero no lo hiciste.

- Vete –ordenó Tanaka, pero Rina permaneció inmóvil. Algo parecía atarla a aquel lugar y tozudamente se negaba a escapar.

- Déjame ver tu rostro –pidió, tratando de hacerlo parecer una orden.

- ¡Vete!

Rina cambió su expresión por una ofendida antes de salir de la cueva, arrastrando el saco con los cerdos. Le costó subir al caballo porque estaba molesta y su cuerpo era más torpe a causa de esto. Cuando por fin pudo montar, cabalgó lo más rápido que pudo de vuelta a su casa.

En el fundo, Toma había comenzado a organizar a los hombres de Yamapi para formar cuadrillas de búsqueda mientras Yamapi iba a avisar a la policía. Estaban por partir en sus misiones designadas cuando Keiichiro dio el aviso de que un caballo se acercaba galopando hacia el fundo.

Los minutos se hicieron eternos, pero finalmente, la silueta de Rina, con el saco de cerdos, se hizo clara en el horizonte. Yamapi corrió hacia ella y Toma lo observó, de lejos, feliz por su felicidad y aliviado por el bienestar de Rina. Sentía el corazón tan hinchado que le fue difícil no llorar.

Yamapi no tenía para nada las mismas reservas. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas mientras obligaba a su hermana a bajar del caballo. Masuda también corrió, a recibir el saco con sus adorados cerdos.

Rina se acercó a su hermano para intentar abrazarlo, emocionada por sus lágrimas. Sin embargo, la recepción de Yamapi fue un sonoro golpe en su mejilla. Rina retrocedió unos pasos. Había sido un golpe suave, con el dorso de la mano y sin mucha fuerza, pero era la primera vez en su vida que alguien la golpeaba. Era oficialmente demasiado y Rina rompió a llorar también.

-Jamás... nunca... en toda tu vida... nunca vuelvas a hacerme algo así -advirtió Yamapi, intentando secar las lágrimas de su rostro con la manga de su camisa.

Rina aún estaba en shock cuando su hermano la abrazó. Sollozó, abrazándolo con fuerza, agotada emocionalmente y sin poder dejar de llorar.

-¿Entiendes que tú y mamá son *todo* lo que tengo en el mundo? ¿Lo entiendes?

-Lo siento... lo siento tanto.... -era lo único que podía decir Rina.

Se sentía culpable por su porfía y su falta de cuidado, y más aún por el deseo espantoso que se había asentado en ella, de volver a esa cueva y encontrarse de nuevo con aquel ladrón que tanto la estaba confundiendo.

Al lado de los hermanos, Masuda abrazaba a sus cerdos, llorando también de alivio por su bienestar.


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Jin había logrado levantarse y sentarse en una silla. Se había apoyado en la mesa, sobre sus brazos, y se encontraba esperando que el mundo dejara de girar un poco ante sus ojos, lo suficiente como para levantarse e irse a casa. Estaba lográndolo, al menos un poco, lo necesario como para ver de manera sólo un poco borrosa que alguien avanzaba en su dirección. El hombre que se acercaba a él era idéntico a Kazuya. Si lo pensaba podría ser él, le había dado el día libre, quizás estaba distrayéndose un poco, quizás había ido por él porque no había aguantado tanto tiempo sin verlo…

- ¿Kazuya? -preguntó a la figura que se inclinó sobre él, una sonrisa perezosa y algo desencajada adornaba su rostro.

- Patrón, ¿se encuentra bien? –preguntó Kazuya al ver a Akanishi desparramado en la mesa. Apestaba a chicha.

- Kazuya, ¿qué haces aquí?

- Lo siento patrón, sé que no me pidió que viniera pero el señ….

Akanishi lo tomó de la muñeca y se levantó con intención de llevar a Kazuya a algún lugar, pero su cuerpo desobedecía su mente y perdió el equilibrio, para su suerte Kazuya lo sostuvo, evitando que cayera.

- Patrón, vamos a casa, debe descansar.

- ¡No, no quiero descansar!

- Pero patrón… está… está ebrio.

- No quiero irme, vuelve a la casa.

Akanishi no soltaba su muñeca y le estaba costando trabajo zafarse, ¿cómo iba a irse si no lo soltaba? Dejó de forcejear un instante, esperando que su patrón aflojara su agarre sobre él para contraatacar. Funcionó y Kazuya finalmente se vio libre.

Cuando pudo soltarse de su patrón, se dio media vuelta, pero no estaba seguro sobre qué debía hacer, no estaba bien que lo dejara ahí, pero le había ordenado irse. Aunque si lo pensaba bien, estaba ebrio, debería ignorar lo que le dijera y sólo llevárselo… pero podría recordarlo después y molestarse...

Mientras pensaba en eso caminaba hacia la salida, pero Akanishi le cerró el paso, se deslizó hacia el lado y Akanishi lo imitó, lo mismo ocurrió cuando intentó esquivarlo por el otro lado. Akanishi lo seguía cada vez más de cerca, su coordinación no era la mejor pero Kazuya ya no estaba esquivándolo con toda su habilidad tampoco. Conocía esa actitud de su patrón y le producía escalofríos.

Su patrón dejó descansar los brazos sobre sus hombros, acercando su cuerpo al suyo sin atisbo de recato. Con algo de pudor, Kazuya inclinó el rostro hacia abajo, temiendo que lo besara. Estaban en un lugar público y se sentía un poco cohibido. Sintió la risa rasposa de Akanishi junto a su oreja.

-Baila conmigo, Kazuya... -las palabras fueron pronunciadas directamente contra su piel, haciéndolo estremecer.

No era una petición y Kazuya lo sabía. ¿Por qué su patrón se empeñaba en castigarlo de esas maneras extrañas? Parecía disfrutar con su incomodidad. Por otra parte, la respiración de Akanishi en su cuello y su peso cargado en su contra ya estaban haciendo que su cuerpo reaccionara de la manera en que solía hacerlo en esas ocasiones.

Un grupo de hombres con una guitarra y algunos instrumentos, a todas vistas ebrios también, cantaban para los asistentes a la fonda. Kazuya pudo distiguir los acordes de una cueca que terminaba y cerró los ojos, resignándose a su destino. Sabía bailar, pero sólo en la posición de hombre, naturalmente. Y por supuesto, su patrón no pretendía que bailase así. ¿Por qué demonios no se buscaba una mujer y ya? El pensamiento fue inesperadamente doloroso y Kazuya descubrió con algo de asombro que prefería pasar por estos trances absurdos a los que lo sometía su patrón que verlo con alguien más.

Se concentró, intentando recordar cómo se suponía que debía moverse, tratando de darle un poco de suavidad a sus movimientos. Cuando se sintió suficientemente confiado, levantó la vista y miró a los ojos a su patrón, que lo seguía de cerca, como dictaba la coreografía. Los escalofríos volvieron a recorrer su cuerpo, pero sostuvo la mirada de Akanishi con determinación y, aunque concientemente pudiese negarlo, también con algo de coquetería.

Kazuya nunca podía alejarse demasiado, Jin lo perseguía con movimientos cada vez menos torpes, entregado al extraño rito, cambiando las reglas del baile y apegando su cuerpo al suyo en medio de los pasos, creando roces con sus brazos, sus manos, incluso con sus caderas. Para cuando por fin la guitarra dictó la vuelta final del baile, la respiración de ambos ya era algo pesada. Jin tomó a Kazuya del brazo y lo atrajo hacia él de un tirón con el acorde final.

-Nos vamos a casa -declaró por fin Akanishi, con sus labios a centímetros de los de Kazuya, que sintió su pulso acelerarse aún más y sólo pudo asentir antes de seguir a su patrón y salir de ahí.


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