lunes, 21 de octubre de 2013

1920 - capítulo IV

Título: 1920 (un fanfic del Bicentenario)
Parejas: Akame, Tomapi, Maruda y otras secundarias.
Género: AU, romance
Rating: NC-17
Advertencias: Situaciones de consenso dudoso, temas oscuros. Excesivo fanservice.
Resumen: Corre el año 1920 y en los campos del sur de Chile el Patrón Akanishi desea tener un sirviente personal como el del señorito Ueda. Su amigo Yamapi le ayuda a conseguir uno, llamado Kazuya...


Al irse sus amigos, Akanishi volvió a evitar a Kazuya, se sentía súbitamente incómodo al estar sólo los dos en el comedor. Buscando una excusa, le encomendó ayudar a la cocinera y que comiera después si así lo deseaba, mientras él salía a dar un paseo al aire libre. Se sentía de muy buen humor por la visita de sus amigos y por la disminución de la culpa al no estar cerca de Kazuya.

Como necesitaba más gente para trabajar, nuevamente, en el viñedo, al día siguiente mandó a Kazuya a realizar dicha tarea y decidió ir también, no a mirar cómo Kazuya trabajaba, por supuesto, si no que a "supervisar". Omitió en su mente que al único que supervisaba, era a Kazuya.

En la tarde viajó al pueblo a comprar algunas cosas que le estaban faltando, podía perfectamente enviar a alguna de las empleadas, pero la tarde de supervisión le había provocado sensaciones extrañas y quería despejarse, hasta ahora, alejarse había servido. Dejó a Kazuya para que siguiera trabajando en el viñedo. El calor era aplastante y el no encontrar de primeras lo que necesitaba amenazó con alejar su buen humor, pero no lo logró. Aún así, volvió muy cansado y hambriento al fundo.

-¿Dónde está Kazuya?- preguntó a la cocinera, que le servía su plato.

-Está en el viñedo, trabajando.

-¿Aún?

-Sí, le dije que viniera a comer algo, pero se negó. Dijo que no lo haría a menos que usted se lo ordenara.

-Dile que vuelva y coma, que yo lo ordeno –dijo Jin.

Nunca se dejaba de sorprender por la actitud de su sirviente con respecto al trabajo. Era afortunado de haber conseguido a alguien así, ¿por qué su antiguo patrón se lo había entregado tan fácil? Él jamás podría hacer algo así.

Con su estomago lleno, lo único que le faltaba era un baño para completar su felicidad. Hizo que se lo prepararan rápidamente mientras comía con lentitud su postre.

Para su felicidad, el agua estuvo lista dentro de poco tiempo. Al introducir su cuerpo en el agua caliente sintió que sus músculos se relajaban, y deseó no tener que moverse nunca más.

Y a pesar de que no fue “nunca más”, sí fue bastante el tiempo que se quedó inmóvil pensando en cosas imprecisas y dejándose descansar. Cuando volvió a prestar atención, el agua ya estaba bastante más fría que cuando había entrado y ni siquiera había empezado a enjabonarse. Sin pensarlo, llamó a Kazuya para que le trajera más agua caliente. Era su sirviente y era eficiente, no había nada de malo en su decisión.

Cuando Kazuya apareció con el agua, no pudo evitar quedarse mirándolo mientras la echaba. Le parecía que no lo había visto hacía mucho tiempo, aunque hubiese estado alejado de él sólo desde la mañana.

-Ka… Kazuya espera –dijo cuando Kazuya iba a abandonar el lugar, no quería pensar en las palabras que estaban saliendo por su boca. –Báñame…

Se sintió repentinamente avergonzado por la orden, pero ¿acaso no era algo que solían hacer muchos sirvientes?

-Estoy muy cansado – agregó inmediatamente, justificándose, pero no supo decir ante quién.

Como era de esperar, Kazuya no dijo nada al respecto, aparte de “sí, patrón”. Tomó el jabón de las manos de Akanishi y comenzó a enjabonar su espalda. Kazuya era deliciosamente delicado y se felicitó por su idea. Debía de haberle pedido que lo bañara desde un principio.

-Quiero que me hagas un masaje.

-¿En que parte, patrón? -preguntó Kazuya con suavidad, sin detener el trabajo de sus manos.

-Los hombros.

Sin decir una palabra, Kazuya obedeció. Sus manos en sus hombros se sentían tan bien… cerró los ojos ante la placentera sensación. Logró controlarse para no soltar un pequeño quejido de satisfacción, pero le estaba siendo difícil.

-Eres… eres muy bueno… - dijo en un tono más placentero del que imaginaba.

Kazuya se sintió complacido, pero había otro sentimiento más, a partir del tono de su patrón y la sensación de su piel jabonosa bajo sus dedos, que prefirió ignorar.

Akanishi lo dejó continuar un poco más antes de pedirle que siguiera enjabonándolo.

Kazuya cambió de posición para enjabonar su cuello y su pecho, probando un ángulo diferente, pero aún así estaba bastante incomodo. Akanishi lo notó y, con una sonrisa, tomó su brazo y de un tirón lo hizo caer dentro de la bañera. Kazuya no lo esperaba y su expresión lo delató, su patrón reía infantilmente.

-Así es más fácil, ¿verdad?

Kazuya no pudo evitar sonreír.

-Sí, lo es, patrón.

Comenzó a desvestirse, pero se detuvo al ver la expresión de sorpresa de su patrón y se sintió avergonzado.

-Lo siento… es que mi ropa está sucia…- comenzó a decir mientras volvía a vestirse. –No quería ensuciar el agua…

Akanishi lo detuvo. Sentía el pulso latirle lento y hondo en algún lugar del cuello.

-Tienes razón –susurró–, el agua se va a ensuciar…-odiaba sentir que esas palabras sonaban a excusa.

Ayudó a Kazuya a desvestirse con cuidado y cada vez que sus manos rozaban su piel desnuda un escalofrío lo recorría. Tomó un jarro que estaba al costado de la bañera, lo llenó de agua y lo vertió sobre la cabeza de Kazuya, de cierta manera, inconcientemente, sentía que lo estaba compensando por la última vez.

-Aprovecha de bañarte también – dijo con una sonrisa, que se borró al apreciar que Kazuya se encontraba desnudo y con el cabello mojado pegado a su piel, goteando sobre ella. Apartó la vista e intentó tranquilizarse cuando su sirviente, de rodillas, se inclinó sobre él para seguir con su trabajo.

Instintivamente volvió a mirar al frente y notó por primera vez las marcas de golpes que se encontraban repartidas por todo su cuerpo, había visto algunas en sus brazos, pero no esperaba que estuvieran por todas partes. Posó sus manos en su estrecha cintura, deteniéndolo. Kazuya no entendía qué pasaba, hasta que una de las manos de su patrón tocó una de esas marcas suavemente.

-Esto…

-Lo merecía – se adelantó a responder, nervioso.

-No lo creo… ¿O acaso eras muy distinto con tu antiguo patrón?

Kazuya se quedó en silencio un momento, antes de responder “No lo sé” en un susurro.

Akanishi tomó su muñeca, estirando uno de sus brazos, firme pero no violentamente. Acercó sus labios a una de las marcas, posándolos en ella, para luego lentamente besarla.

-No lo creo – susurró.

La piel de Kazuya se erizó y fue notorio para Akanishi, que siguió con otra marca que se encontraba más arriba, cerca del hombro, la cual besó lentamente para sentir nuevamente a Kazuya estremecerse.

Si bien tenía una confusión de sentimientos en su pecho y de cierta manera estaba un poco asustado por lo que seguiría, con los labios de Akanishi tocando su piel no le era posible pensar en eso y todo en él se redujo a sentir. El silencio de la habitación era interrumpido únicamente por el sonido de los besos y el agua al moverse en ella. Akanishi se inclinó más cerca de Kazuya para besar su cuello, ya sin importar si habían marcas o no ahí. Adoraba sentir como el cuerpo de Kazuya respondía cada vez más notoriamente bajo él, como instintivamente una de sus manos se aferraba a su cabello, como sus jadeos se detenían y aguantaba la respiración expectante cuando lo rozaba con sus labios y como soltaba el aire en forma de un suspiro quejumbroso cuando su lengua recorría el camino hasta su oreja.

Akanishi se ubicó tras Kazuya y afirmándose de su cintura comenzó a besar su espalda. Kazuya tuvo que afirmarse del borde de la bañera temiendo caer, perdiendo gradualmente el control sobre sus reacciones. Una de las manos de su patrón se deslizó, acariciándolo hasta llegar a uno de sus muslos, mientras la otra subía por su pecho, suavemente hasta posarse en su mentón. Volvió a ubicarse frente a él, Kazuya abrió los ojos, jadeante, pero los volvió a cerrar cuando Akanishi capturó sus labios. Al separarse, inclinó levemente su cabeza hacia atrás dejando su cuello a escasos centímetros de los labios de Kazuya, que a primeras lo besó, pero se detuvo asustado de actuar por su cuenta. Antes que levantara la vista para mirar a su patrón, éste posó su mano en su cabeza, atrayéndolo hacia él.

- Quier…sigue – ordenó.

Al principio no se sentía muy seguro, pues temía que en cualquier momento su patrón lo separara de él, molesto, pero al oír sólo sonidos de aprobación como respuesta, se sintió seguro de poder seguir besando su cuello, pasar a su hombro, su brazo… todo lentamente, mientras Akanishi lo observaba hipnotizado. Subió besándolo hasta la comisura de sus labios.

Akanishi capturó sus labios entonces en un beso lento y descuidado, mientras enterraba los dedos en su pelo húmedo y observaba como podía su rostro, incapaz de cerrar los ojos, porque cualquier atisbo de expresión de Kazuya lo descontrolaba. El suspiro grave que vibró en la base de su garganta entonces sólo aumentó sus ansias. Necesitaba más.

Cerró los ojos por fin, hundiéndose en la tibieza de la boca de Kazuya y su lengua, que respondía cada vez con más seguridad, incitándolo aún más, hasta convencerlo de que su deseo no era unilateral, que no le estaba inflingiendo ninguna clase de dolor a su sirviente.

Alzó la mano que tenía libre para posarla en su hombro y bajar lentamente por la piel de su brazo, hasta tomar su mano con firmeza. Un poco sorprendido, Kazuya interrumpió el beso y alejó un poco el rostro para poder mirar a su patrón, que volvió a abrir los ojos sólo en ese momento. Pero Akanishi no se detuvo. Su mirada era de fuego mientras conducía la mano de Kazuya hacia abajo, por su cintura, el hueso de su cadera y abajo, abajo... hasta llegar a posarla en el lugar donde la necesitaba con urgencia, más que a nada en el mundo en ese momento. Kazuya comprendió.

Akanishi se afirmó con una mano en el borde de la bañera, dejando caer su rostro ante el placer que dominaba su cuerpo, soltando ya su mano de la de Kazuya y afirmándose en su hombro. Cuando pudo levantar la vista, se encontró con que los ojos de Kazuya reflejaban su mismo deseo. Con la mano que lo sostenía en el hombro de Kazuya, lo atrajo nuevamente para besarlo con desenfreno, a pesar del movimiento de su cuerpo. El frenético beso hizo que Kazuya temiera perder el ritmo de su mano, en especial cuando Akanishi mordió su labio, haciéndolo soltar un sonoro gemido. Quiso aumentar el intermitente descontrol de Kazuya, bajando su mano hasta donde su sirviente claramente lo estaba necesitando e imitó su acción, logró que perdiera el ritmo y se detuviera, abrumado por la sensación placentera

-No te detengas- susurró Akanishi, suplicante contra sus labios.

Kazuya retomó el ritmo, dejando caer su rostro en la curvatura entre el cuello y el hombro de su patrón, el que pudo sentir los jadeos y gemidos contra su piel, aumentando el placer del momento.

Entremedio de los jadeos que cosquilleaban en su cuello, Akanishi notó indicios de medias palabras.

-Ma...

-Ma… ¿más?

-Rápido…

Lo más parecido a una orden que había oído de los labios de Kazuya era realmente una petición, pero su mente no estaba funcionando en ese momento y sólo comprendió cuando la mano de su sirviente aceleró el ritmo en él. Cuando Akanishi accedió a su petición, los dedos de la mano libre de Kazuya se enterraron en su pecho, dolorosa y placenteramente.

Se acercaba cada vez más al final, y al parecer Kazuya también, pues su rostro y dedos se enterraban con más fuerza cada vez, soltando gemidos cada vez más sonoros y totalmente sin contener, al igual que los suyos, en los que se colaba el nombre de su sirviente entrecortadamente. Akanishi llegó a su límite soltando un último quejido y apretando sus dedos en el cabello de Kazuya, el que irremediablemente lo siguió, dejando caer su cuerpo sobre él. Akanishi, cansado, se inclinó perezosamente hacia atrás, llevando a Kazuya con él, sin decir una palabra, sólo respirando pesadamente.

Cuando Kazuya volvió en sí, avergonzado, intentó levantarse, pero Akanishi lo aprisionó devolviéndolo a la posición en la que antes estaba.

-No te muevas… aún.

Akanishi quería evitar el contacto visual con su sirviente, evitar tener que decirle algo más, lo mismo sentía Kazuya, pero no estaba en su decisión el huir de ahí o quedarse. Apoyado en el pecho de Akanishi, el ritmo acelerado de su corazón lo sacó de sus pensamientos, y el cansancio se apoderó de su cuerpo salvajemente. Había sido un día lleno de actividad física y lo que recién había pasado había terminado por dejarlo agotado. No quería pensar más.

-Puedes… irte a descansar – dijo Akanishi, después de un instante eterno, rompiendo el silencio aplastante.

Esperó que Kazuya estuviese fuera, y posiblemente en su habitación, para salir de la bañera, confuso y con los gemidos, expresiones y la única “frase” de su sirviente dando vueltas en su mente.

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Ya era bastante tarde, y ya la madre y hermana de Yamapi se habían ido a acostar, cuando encontró a Toma arreglándose para salir.

-¿En serio irás? – preguntó Yamapi, apareciendo tras él. La noche había transcurrido rápido, demasiado rápido, y a pesar de todos sus intentos no había podido disuadir a Toma. Esta era su última oportunidad.

-Por supuesto que sí, siempre hablé en serio con respecto a esto –respondió Toma, calmadamente, mientras se acomodaba la camisa. Yamapi no entendía por qué se preocupaba tanto de cómo lucía para ir a ese lugar. Le molestaba.

-No vayas… -dijo por fin, pero sabía que sería inútil.

Toma se giró, aún sonriendo y al pasar por su lado de camino a la puerta se detuvo frente a él para darle una palmada en el hombro.

-Estaré bien, es sólo una visita a un amigo -dijo intentando calmarlo, pero Yamapi evadió sus ojos con obstinación. Toma comprendía su preocupación por su reputación hasta cierto punto, pero esto ya se estaba saliendo de proporciones y se encontró deseando que Yamapi dejara de comportarse de manera tan infantil.

Con un suspiro a medio disimular, se dirigió hacia la puerta de la habitación.

-Es que… es peligroso… allá –alegó Yamapi rápidamente, siguiéndolo para detenerlo. -Estás demasiado acostumbrado a la ciudad… no recuerdas los peligros del campo… las bandas de delincuentes…

-Estaré bien, Yamashita. Seré cuidadoso -sintió deseos de poner los ojos en blanco, pero se contuvo. Sonrió en su lugar, la situación no dejaba de tener algo de gracia.

-No. No lo serás – dijo Yamapi, serio, ante la ligereza que demostraba Toma sobre el tema y con decisión, agregó – Iré contigo.

-Te preocupas demasiado, en serio estaré bien. No es necesario que me acompañes. Además, no creo que quieras ver a Matsujun.

A Toma le pareció ver un tic en el ojo de Yamapi al mencionar lo último.

-No voy a entorpecer tu reencuentro con él…

Toma rió ante el extraño tono molesto de Yamapi.

-No es gracioso – dijo Yamapi, intentando mantenerse serio.

-No me molesta que vayas, es sólo que no tienes que tomarte tantas molestias.

-No es molestia… me preocupas- dijo Yamapi bajando el nivel de su voz y la cabeza.

-¿Te preocupa que vaya a ver a Matsujun?- Toma se sentía invadido de una repentina felicidad, intentó suprimirla, con cautela.

-Sí… es decir, no es lo que crees -había logrado mirar a los ojos a Toma, pero se sentía inventando excusas. Respiró profundo. -Me preocupa tu seguridad… -dijo, con una convicción que no sentía. -Estarás más seguro si voy contigo.

Y sin decir nada más al respecto, Yamapi acompañó a Toma en su viaje hacia La Tormenta. El camino era poco iluminado y estaba algo disparejo, pero Toma sospechaba que la lentitud con la que Yamapi conducía su carreta poco y nada tenía que ver con esos factores. Meneó la cabeza y se relajó, disfrutando de la agradable brisa nocturna después de aún otro día de aplastante calor.

La música y la algarabía podían sentirse desde antes de que la aislada casa pudiera verse, entre los matorrales de una curva del camino. Yamapi amarró la carreta con ahínco, descargando un poco de su frustración con las riendas de cuero. Antes de entrar, miró en todas direcciones, incómodo de que alguien los viera.

Pero al poner apenas un pie en la casona olvidó su paranoia moralista, estaba abrumado y sorprendido. Todo era muy luminoso, muy brillante, muy colorido. Nunca había estado ahí y todo lo que le habían dicho se quedaba corto. Las lámparas lucían costosas y las paredes estaban pintadas de un rojo oscuro que quedaba a un pelo de la decadencia majestuosa. No había duda de quién era su dueño.

La atención de todos estaba en el escenario en el que había un espectáculo de baile totalmente sincronizado, cuatro hombres se movían en una complicada coreografía al ritmo de una canción que a Yamapi le pareció barata y empalagosa pero que hizo sonreír a Toma con brío. El momento en que Matsumoto Jun apareció en el escenario era todo menos sutil: su traje era el con más brillo y accesorios, y llevaba la camisa abierta, exhibiendo sin pudor las joyas de apariencia sofisticada que adornaban su pecho. Los movimientos de sus manos eran exagerados y precisos, cuidadosamente planeados y ejecutados para llamar la atención desde lejos, sin contar con lo llamativo que él ya era en sí mismo. Yamapi miró de reojo a Toma, que a su vez miraba a Matsumoto con una mezcla de cariño y admiración. La molestia en su pecho fue evidente y se sintió un poco disminuido. Claro, él era sólo su amigo, no era nadie tan vistoso como Matsumoto, nadie que Toma pareciera admirar. No es que quisiera serlo, es más, jamás había deseado siquiera parecerse a él, pero su garganta se sentía apretada.

Debía ser que le molestaba que alguien como Matsumoto acaparara la atención de Toma de esa manera. No era que él quisiera acaparar toda su atención, es sólo que Toma era una persona tan buena, tan correcta... tenía la sensación de que era demasiado condescendiente con las personas. No lo entendía, a veces no podía vislumbrar qué había en la cabeza de Toma, y lo frustraba.

A su mente volvió la idea que a veces lo rondaba, ¿por qué Toma había vuelto al pueblo? Tal vez nunca había estado entre las intenciones de Toma visitarlo. Si no hubiese sido por el encuentro fortuito que habían tenido en la estación tal vez no se hubiesen visto jamás. Incluso tenía planeado irse inmediatamente a una pensión, no había pensado en su casa como posible alojamiento, no había pensado para nada en él. Se sintió desanimado y pesimista, y la presencia de Matsumoto en el escenario, la manera en que Toma lo miraba, empeoraba todo. Tal vez quería verlo a él.

Sin esconder su estado de ánimo, se sentó y pidió algo para beber, ignorando a Toma, que aún estaba de pie y ahora aplaudía.

Era todo tan diferente a como era con Jin. Jin era tan fácil de leer, sus motivos tan fáciles de comprender, pero comparar a Toma con Jin no tenía mucho sentido. Eran relaciones tan diferentes que hasta dudaba que tuviese el mismo tipo de relación con ellos. ¿Pero acaso no eran ambos sus amigos? Apuró el vaso hasta casi atragantarse con el aguardiente de mala calidad y se apresuró a pedir otro, aún mientras su garganta ardía por causa del licor.

El espectáculo terminó entre aplausos entusiastas del público, Toma le preguntó a Yamapi si quería acompañarlo a saludar a Matsumoto, pero él se negó, sin ánimo, y siguió bebiendo.

Entre las personas asistentes se encontraba el alcalde del pueblo, Takizawa, que al ver a Yamapi se acercó a su mesa. Venía acompañado de un niño pequeño, muy tierno, con aspecto de chinchilla y tendencia a ser confundido con niña. Yamapi se sorprendió de que alguien tan pequeño estuviese en un lugar como aquel.

- ¡Yamapi! ¡Tanto tiempo sin verte! -saludó el Alcalde entre animados abrazos. -¿Cómo has estado? ¿Van bien las cosas en tu fundo?

- Sí, muy bien, gracias –respondió Yamapi, sin despegar la vista del niño.

- Él es mi sobrino, Yuri Chinen -respondió Takizawa ante la pregunta implícita en su actitud. -Está de visita por un tiempo.

Chinen lo saludó con una gran sonrisa, su voz era aguda. No encajaba para nada en el lugar con esa aura angelical, pero sus ojos tenían un brillo extraño que durante un instante le pareció malicioso. Parpadeó y ya no estaba ahí, tal vez había sido obra de su imaginación.

- ¿Puede estar aquí?

-Por supuesto –respondió Takizawa, con una sonrisa, colocando la palma de la mano sobre el hombro de Chinen con partes iguales de orgullo y protección. -Ya tiene 15 años.

Parecía totalmente más pequeño.

- Y… ¿a qué lo trajiste? -la renuencia de Yamapi había tomado la forma de una sensación tirante en la boca de su estómago.

En el rostro de Takizawa, una sombría sonrisa se asomó.

- ¿A qué más podría traerlo?

Ese día temprano en la mañana, Chinen y sus padres habían llegado a la casona de Takizawa para pasar las vacaciones de verano, como todos los años. Por la tarde, Takizawa había llamado a Chinen para tener una charla seria.

-Yuri, ya tienes 15 años y ya es tiempo… -había comenzado a decirle Takizawa a Chinen, que lo miraba con curiosidad-, de que te hagas hombre…

El silencio había inundado la habitación y los ojos de Chinen lo habían mirado con confusión, grandes como platos.

-Con otro hombre... -había concluido. -Como tu tío...

Y con eso había quedado decidido que Chinen sería llevado a “La Tormenta” por su tío. Al parecer, y según había comprendido, era una tradición que tenía Takizawa, un rito de paso.

El lugar, brillante y luminoso, había llamado poderosamente la atención de Chinen, pero cuando había comenzado el espectáculo, otra cosa había acaparado más su mirada que las luces y los brillos o adornos. En el escenario, uno de los hombres que bailaban lo había obnubilado; no era hermoso como otros, tampoco parecía chica, pero su forma de bailar lo había dejado abrumado. Había sabido de inmediato que era él al que querría.

Aquel hombre, llamado Satoshi Ohno, no notó el encantamiento del pequeño Chinen por él, pero éste no pasó inadvertido para uno de sus compañeros, Ninomiya Kazunari, a quien llamaban Nino. Nino miró con odio al pequeño, tal y como lo hacía en todas las raras ocasiones en que algún cliente se interesaba por Ohno y lo pedía. No le despegó los ojos de encima en ningún momento cuando, al terminar el espectáculo, el hombre que acompañaba a Chinen se acercó a él para hablarle al oído, tampoco cuando Chinen se empinó para contestarle, también al oído, y maldijo cuando el hombre miró en dirección a Ohno y con su rostro sorprendido le preguntó si estaba seguro.

Tenía el mismo plan de siempre, como cada vez que alguien se interesaba por Ohno. No podía soportarlo, Ohno era suyo y el hecho de que el trabajo de ambos convirtiera la idea de la posesión en algo ridículo era algo que se empeñaba en ignorar con todas sus fuerzas.

Esperó a que el tío del desagradable niño lo llevara hasta donde estaba Ohno. Lo miraba con admiración y sus ojos brillaban, aunque ante los ojos de Nino se veía tan pequeño que probablemente ni siquiera sabía a lo que iba… y tampoco iba a permitir que lo supiera. Cuando Chinen y Ohno entraron a una de las habitaciones, Nino los siguió con una bandeja en las manos.

-Les traje una atención de la casa -anunció, después de haber golpeado la puerta y entrado sin esperar respuesta. -Al… "joven"… le traje jugo, supongo que aún no tiene edad para beber -agregó, sarcásticamente, con una sonrisa forzada, pero sus ojos se posaron en Chinen con furia.

Chinen entendió rápidamente la situación, los celos de Nino no estaban para nada ocultos. Le devolvió la mirada, desafiante, dentro de todo lo que era posible con su rostro adorable, pero aún así tomó el jugo y lo bebió, sin despegar los ojos de Nino cuando éste abandonó la habitación.

Chinen se sentó en la cama, mirando a Ohno con cierta ansiedad, esperando que él procediera, porque no sabía bien qué hacer. En ese momento comenzó a sentirse somnoliento y el cuerpo le empezó a pesar. Ohno se acercó a él.

-Recuéstate – le dijo suavemente, sus palabras sonaban lejanas y estiradas y le fue imposible no obedecerle.

Le estaba siendo imposible mantener los ojos abiertos al estar acostado y luchó para no quedarse dormido. No era el momento. Ohno notó la tensión de su cuerpo que intentaba no rendirse a la inconciencia y sonrió con tristeza. El chico le provocaba algo de ternura y acarició con suavidad el cabello de la parte alta de su cabeza. Chinen parpadeó, sintiendo como el estupor ganaba la partida.

-No…- susurró con desesperación ahogada, estirando su brazo hacia Ohnno, pero no pudo evitarlo y sus ojos se cerraron.

Pasados unos segundos, un ojo de Nino se asomó por la puerta levemente entreabierta.

-¿Ya se durmió ese mocoso? – susurró.

-Sí -Ohno seguía acariciando la cabeza de Chinen con ternura, para irritación de Nino.

-Mañana le dices que estuvo increíble y se lo creerá todo -dijo Nino, avanzando hacia Ohno y tomando con aspereza su mano, para interrumpirlo airadamente.

-¿Y su tío? -preguntó Ohno, mirando a Nino con resignación divertida. Ya estaba acostumbrado a los exabruptos de su compañero. -Se preocupará si no sale de acá hasta mañana.

-Tsk…. Tienes razón… yo arreglaré eso. Tú quédate aquí, no te arriesgues a que alguien más te pida- ordenó.

Nino le llevó más alcohol a Takizawa y se sentó a conversar con él. Al parecer no estaba muy preocupado por su sobrino, bebía aguardiente con gusto e insistía en que Nino lo acompañara vaso a vaso, mientras alababa azoradamente las lentejuelas doradas de su traje. El alcalde adoraba el color dorado y se vestiría de buena gana con telas brillantes y llamativas si no fuera por la insistencia de su asistente personal, Imai Tsubasa, que tenía el tino de siempre impedir sus compras compulsivas en la capital y detenerlo cuando sus elecciones de su guardarropa se volvían críticas. Takizawa sonrió y apuró aún otro vaso de licor.

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