sábado, 28 de septiembre de 2013

1920 - capítulo I

Título: 1920 (un fanfic del Bicentenario)
Parejas: Akame, Tomapi, Maruda y otras secundarias.
Género: AU, romance
Rating: NC-17
Advertencias: Situaciones de consenso dudoso, temas oscuros. Excesivo fanservice.
Resumen: Corre el año 1920 y en los campos del sur de Chile el Patrón Akanishi desea tener un sirviente personal como el del señorito Ueda. Su amigo Yamapi le ayuda a conseguir uno, llamado Kazuya...


El señorito Ueda había vuelto al pueblo, y tenía un sirviente. El patrón Akanishi lo envidió y quiso uno también. Maldito señorito religioso aristócrata, ¿se creía muy poderoso al tener un sirviente personal? Él también podía tener eso.

Era cómo lograrlo lo que no tenía claro, necesitaba conversarlo con su amigo de la infancia, al cual el alcalde del pueblo, Hideaki Takizawa, había llamado Yamapi cuando pequeño y desde ese momento todos habían llamado así.

El fundo de Yamapi quedaba cerca del suyo, era muy conveniente siempre para conversar cosas que le preocupaban. Yamapi tenía mas experiencia en manejar un fundo, ya que desde pequeño había ayudado a su madre y ahora era el encargado para que ella descansara, también vivía con su hermana menor.

- Quiero un sirviente – le dijo a Yamapi, su tono era serio.

- Tienes sirvientes, trabajadores, esas cosas.

- No, quiero un sirviente personal, así como el señorito Ueda. Mis trabajadores tienen que trabajar.

- ¿Y qué va a hacer este sirviente? -Con el paso de los años Yamapi había aprendido a fingir justo el nivel de interés necesario como para no despertar el resentimiento de Jin.

- Lo mismo que hace el sirviente del señorito Ueda.

- ¿Llevar tu sombrilla? Ni siquiera tienes una.

- Puede…. Servirme… ayudarme.

- ¿A qué? -Yamapi se incorporó, tomando un nuevo interés en la conversación. Jin sonaba serio y a Yamapi no le agradaba demasiado cuando algunas ideas se infiltraban en la dura cabezota de Jin, pues solían no salir de allí nunca más.

- A… ¿cosas?

- Existe "La Tormenta"… -le recordó Yamapi innecesariamente, con un bufido burlesco. -¿Para qué quieres un sirviente para “cosas”?

- No hablo de esas cosas… -explicó Jin lentamente, como si hablara con un niño o alguien con debilidad mental. -Quiero que me sirva… sirviente… de ahí viene el nombre, ¿sabes?

Yamapi levantó una ceja, iba a comenzar a enojarse.

- Cosas como hacer mi cama, bañarme… ayudarme en cosas.

- ¿Una mucama?

- Sirviente…

- Es lo mismo.

- Sirviente.

Finalmente y tras una larga discusión sobre la definición real de la palabra "sirviente", Yamapi se rindió y accedió a llevar a Patrón Akanishi con un conocido de ellos que podría facilitarle alguien para que fuese su sirviente. Seguía pareciéndole una idea estúpida, pero sabia que Jin había pasado el punto sin retorno y no habría manera alguna en el mundo de hacerlo cambiar de opinión.

Resignado, guió a Jin hasta una desvencijada casa tras una aún más deteriorada cerca, a casi veinte minutos en carreta de su fundo. El hombre de cabellos grises que respondió al llamado de la puerta jamás le había causado una buena impresión, y su esposa tampoco, pero hizo las preguntas correspondientes de todos modos. Ya se las pagaría Jin, en alguna ocasión.

- Tengo alguien, está trabajando pero puedo prescindir de él… – dijo el hombre; se veía feliz, su esposa no mucho. - ¡KAZUYA!

La esposa se mordió el labio, mostrándose ligeramente angustiada cuando Kazuya, cubierto de tierra y sudado, entró a la casa.

Los ojos del recién llegado se posaron en Yamapi un instante y luego en Akanishi, deteniéndose en sus manos que jugueteaban ansiosas, en sus largos dedos moviéndose involuntariamente. Era hipnotizante. Se obligó a levantar la vista y no pudo evitar posarla en sus labios esta vez, también en el lunar que estaba al lado de su ojo… y luego en sus ojos, que le devolvieron la mirada. Kazuya no pudo sostenerla y la desvió, pero notó que no dejaba de mirarlo.

El acuerdo fue incómodo, la despedida corta y áspera, y el sentimiento de pérdida de la señora de la casa evidente incluso para Yamapi, que hacía su mejor esfuerzo por ignorar todo, pues detestaba las situaciones tensas. El viaje de vuelta al fundo de Jin se sintió largo debido al silencio que imperó durante todo el trayecto.

Patrón Akanishi solía hacer lo que quisiera, a veces despertaba de malas y si se enojaba con alguno de sus trabajadores, normalmente por cosas sin importancia, los despedía porque no quería verlos más. Ese había sido el caso ese día y también hacía algunas semanas… y faltaba gente para trabajar en el viñedo.

- Kazuya, ve a trabajar al viñedo – ordenó, al llegar.

- Sí, patrón – respondió Kazuya, firmemente.

Akanishi se sentó a mirar como trabajaba, Yamapi se cruzó de brazos, parado junto a su asiento.

- Ahí lo tienes… tu sirviente, en el viñedo – dijo Yamapi. –TRABAJANDO.

- Lo haré servirme después….- Akanishi no apartaba la mirada de Kazuya, de cómo su cuerpo se movía con gracia en todo lo que hacía. –Mañana… después… lo llevaré al pueblo… el señorito Ueda verá…

- Sólo lo quieres para exhibirlo, eres lo peor – Yamapi rió.

Akanishi sonrió, sin quitar la vista de Kazuya trabajando: una gota de sudor caía por su mejilla.

- Te dejo con tu sirviente –declaró Yamapi, con divertida resignación. –Debo ir al pueblo a recoger unos encargos de mi hermana.

- Si ves al señorito Ueda, cuéntale de mi sirviente.

Yamapi se despidió con un gesto que Jin ni siquiera se volteó a ver para despedirse, murmurando un “por supuesto”.


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Estaba claro que vería a Ueda, eventualmente, evitarlo era imposible en un pueblo tan pequeño. Ahora, hablarle era otro tema en absoluto. El aura de superioridad moral que parecía envolverlo dondequiera que fuera le era odioso y aunque podía soportarlo la mayor parte del tiempo, buena parte de su vasta paciencia se había evaporado debido la acción conjunta de Jin y el inclemente calor del mediodía. Había planeado ir a recoger los encargos de su hermana llegados de la capital durante la mañana, pero el embrollo del idiota de su amigo le había tomado más tiempo del que había calculado.

Después de asegurar la carreta y dejarla al cuidado de uno de los chicos locales en el que confiaba, se dirigió hacia la estación, donde una pequeña multitud se había congregado para recibir al tren de pasajeros. Evadió equipajes y personas, ya en su mayoría de salida y se dirigió con premura hacia el sector de encomiendas. Seguramente su madre y su hermana lo esperaban para que almorzara con ellas y no quería perder más tiempo en cosas triviales.

Por supuesto, al minuto siguiente, toda idea de prisa quedó en el más profundo olvido.

Hacía años que no escuchaba la voz que llegaba claramente a sus oídos, pero eso no le impidió reconocerla inmediatamente. Se volteó, buscando entre las escasas personas que aún permanecían en la estación, hasta encontrar la delgada figura de cabello rebelde y gestos eternamente exagerados, al parecer en plena disputa por algo. Toma. Ikuta Toma.

La última vez que lo había visto se alejaba en el mismo tren que ahora resoplaba vapor en la cercanía, entre gestos de despedida dedicados a Yamapi y Jin que habían corrido por el andén de la estación hasta que ya no había habido caso. El recuerdo de su amigo alejándose, tragado por las sombras de la noche, seguía siendo uno de los más amargos de su vida. Había pensado que jamás volvería a verlo.

De alguna manera, la situación se sentía irreal, como si realmente su amigo de la infancia no estuviera sólo a metros de él. Habría considerado la posibilidad de que se tratara de una jugarreta de su mente, si no fuera por las marcadas diferencias entre su recuerdo de Toma y la persona que estaba allí. Un poco más alto, un poco menos desaliñado... la ropa que vestía tenía pocos vestigios del adolescente desarreglado que había partido con su familia aquella fría noche de invierno.

Se acercó casi mecánicamente; la felicidad aún no trepaba por la neblina aturdida de la sorpresa hasta su cerebro.

-Se supone que tú estás es Europa -dijo sin más, después de golpear amigablemente el hombro de Toma para llamar su atención, con un tono de voz que intentó ser recriminatorio, pero se vio estropeado inmediatamente por la sonrisa que se había encaramado a traición en sus labios, encendiendo sus ojos también en el proceso. No era algo que le sucediera a menudo.

La expresión sorprendida al borde del agravio en el rostro de Toma sólo duró un instante antes de que una sonrisa cegadora tomara su lugar. De pronto y sin advertencia, Yamapi se vio envuelto en un abrazo cálido y algo huesudo, con dos brazos que rodeaban con fuerza sus hombros. La profunda risa de Toma llenó sus oídos mientras devolvía el abrazo, empuñando las manos para recordarse que los hombres no lloran, sin importar cuánto hayan extrañado. Toma palmeó afablemente su espalda antes de interponer algo de distancia entre ellos y golpear su hombro.

-Yamashita -saludó, por fin.

-Toma -contestó el saludo. Tan sólo pronunciar su nombre convertía todo en una realidad que jamás habría soñado. Golpeó con afecto un costado de su brazo sólo por el deleite de constatar su presencia. -¿Qué rayos estás haciendo aquí?

La risa sin restricción de su amigo resonó en la estación casi vacía.

-Tú sí sabes cómo hacer a un cansado viajero sentirse bienvenido en su propia tierra, ¿eh, Yamashita? -su sonrisa no retrocedió ni un milímetro al hablar. -Estoy de visita -explicó.

Y como recordando algo repentinamente, Toma se volteó para enfrentar al funcionario de ferrocarriles que aún estaba allí, esperando continuar su conversación con él.

-Este amable ciudadano me explicaba que el equipaje que envié con anticipación hacia acá se perdió en tránsito y que no puedo hacer nada al respecto -dijo, sonando súbitamente cansado, como si acabara de recordar que tenía un problema.

-Es un problema de la central, señor. Ya se lo dije: no podremos comunicarnos con ellos hasta el lunes.

-Sí, exactamente eso me estaba explicando cuando llegaste -añadió sombríamente Toma.

-No puedes haber puesto cosas demasiado importantes ahí, ¿verdad?

-Nada imprescindible -aceptó Toma. -Pero pensaba instalarme en algún hospedaje del pueblo por algún tiempo y habría sido agradable poder ordenar todo rápidamente.

El funcionario lo observaba, un poco ansioso porque se fuera y lo dejara por fin en paz.

-Vendremos el lunes -le comunicó Yamapi, para su visible alivio.

Con un saludo cortés, el hombre se retiró raudamente hacia el fresco refugio de su oficina.

-¿Yamashita? ¿Qué...? ¿Por qué? -el desconcierto en el rostro de Toma era casi gracioso, pero Yamapi no rió.

Tomó el bolso más grande que yacía a los pies de su amigo con una mano, mientras que con la otra le hizo una seña para que lo siguiera. Fue el mismo brazo que Toma asió con fuerzas, deteniéndolo. Formuló esta vez la pregunta con sus ojos, pero Yamapi comprendió.

-Ven conmigo, a casa -dijo Yamapi, mirándolo por sobre el hombro, esperando que quedara claro que no era una invitación. -El lunes vendremos a solucionar lo del equipaje perdido.

-¿Eh?

Esta vez, Yamapi no pudo contener la risa.

-Idiota -dijo con afabilidad, sacudiendo la cabeza antes de continuar. -No voy a permitir que te hospedes en un hostal de mala muerte en este pueblo perdido. En casa seguimos teniendo una habitación de invitados... y mi madre me mataría si se entera de que estás aquí y no te arrastré para que fueras a saludarla.

Tenía sentido y Toma no iba a discutir con Yamapi, no después de semanas de viaje para llegar ahí. Soltó el brazo de Yamapi y recogió su abultado bolso de mano del suelo antes de seguirlo de camino a su carreta.

Mientras caminaban y luego acomodaban las pocas pertenencias que Toma traía con él en la carreta, Yamapi y él se aseguraron de hacer todas las preguntas políticamente correctas. Sus familias estaban bien, los padres de Toma y su hermano menor seguían en Europa, la casa era pequeña pero confortable y sus parientes vivían cerca de ellos, por lo que no había sido tan difícil adaptarse; la madre y la hermana de Yamapi gozaban de excelente salud, los negocios iban bien y Rina estaba insoportable. Toma había reído profundamente ante el último comentario. Yamapi siempre había adorado a su hermana, pero guardaba bien las apariencias para que ella no lo supiera, como buenos hermanos.

Pronto todo estuvo listo para partir y Yamapi subió grácilmente y sin problemas a la carreta, tomando con confianza las riendas en sus manos. Dedicó una mirada a Toma, que aún no subía.

-¿Necesitas ayuda? -preguntó y Toma pareció salir de un trance durante el que admiraba el pueblo visible a su alrededor.

Le dedicó una mirada autosuficiente a Yamapi antes de subir sin dificultad hasta el lugar que debía ocupar. Había cosas que no se olvidaban. Yamapi sólo sonrió.

-Te extrañamos -dijo, mirando al frente y poniendo en marcha los caballos.

Toma lo miró de reojo antes de volver la mirada al camino que se abría frente a ellos. El aire se sentía agradable en su rostro, a pesar del calor. Cerró los ojos y suspiró.

-Es bueno estar de vuelta -susurró, pero su voz se perdió entre el sonido del trote de los caballos.

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La primera tarea como sirviente que le había encomendado el patrón a Kazuya era de extrema importancia aunque sencilla. El patrón tenía tendencia a quedarse dormido y perdía gran parte de la mañana, por lo que Kazuya debía despertarlo.

La renuencia innegable invadía sus movimientos cuando golpeó la pesada puerta de la habitación. Esperó unos segundos, sin notar que estaba conteniendo la respiración, atento a cualquier sonido desde el interior. Pero no hubo respuesta.

- ¡Patrón, es hora de despertar!- insistió Kazuya, golpeando la puerta con algo más de fuerza.

Aún no había respuesta, así que, haciendo acopio de valor, pidió permiso retóricamente y entró a la habitación.

La puerta protestó tan sonoramente al abrirse que Kazuya estuvo seguro de que el Patrón debía despertar y se aprontó para recibir algún tipo de reproche, pero sólo había silencio.

El patrón dormía profundamente, Kazuya se sorprendió de lo relajado y distinto que se veía durmiendo, llegaba a ser hasta tierno.

- Patrón…- susurró, temiendo despertarlo bruscamente.

No hubo respuesta. Se acercó y lo meció suavemente.

- Patrón… patrón, despierte.

Akanishi sintió la voz y los remezones desde el otro lado del sueño como algo extraño, no estaba acostumbrado a que lo molestaran mientras dormía y, claramente, había olvidado sus órdenes al respecto. Frunció el ceño y abrió los ojos, siempre le era desagradable despertar, pero de alguna manera, al ser la cara de Kazuya lo primero que vio, ya no se sentía tan molesto.

Kazuya se quedó de pie al lado de la cama, esperando alguna orden, jugueteando nerviosamente con los bordes de las mangas de su raída camisa y sin atreverse a mirar el rostro de su patrón. Akanishi se sentó en la cama mirándolo, moviendo sus dedos mientras pensaba. Kazuya fijó la vista en ellos, desde el primer día lo hipnotizaban.

- Ehmm…. Espérame en el establo –decidió por fin Akanishi.

- Sí, patrón.

Era bastante temprano en la mañana y la brisa le ayudó un poco a Kazuya a despejarse. El establo estaba algo alejado de la casa principal y en su camino pudo admirar parte de los jardines y la disposición general de aquella parte del fundo. A pesar de su aspecto descuidado y la personalidad estrafalaria que había logrado vislumbrar en su corta estadía en su nuevo trabajo, su nuevo patrón parecía tener todo bajo control en sus tierras, aún cuando, al parecer, él era el único encargado de administrarlas.

El patrón Akanishi había decidido que él viviría en la casa principal junto a él, no con el resto de los empleados, pues él era "su sirviente personal", aunque él mismo no parecía demasiado seguro sobre qué significaba eso. No había visto a nadie más durante la noche en la casa, ni otros sirvientes ni familiares del patrón, no se había atrevido a preguntar.

Al llegar al establo se encontró con el que debía ser el cuidador de caballos, que los alimentaba con una gran sonrisa en el rostro.

- ¡Hola! – lo saludó, entusiasta.

- ¡Hola! – Kazuya intentó igualar su entusiasmo, pero no era algo posible.

- ¡Soy Taguchi, el cuidador de caballos!

- Soy Kazuya, el sirviente del patrón -se presentó, con un ligero titubeo en la palabra "sirviente". Todavía no lo acomodaba ni convencía mucho el puesto.

- ¿Sirviente? ¿Sirves el almuerzo?

- Creo que no… lo sirvo a él.

- ¿Lo sirves como comida?

- …..

Taguchi soltó una risotada.

- ¡Era una broma!- dijo Taguchi entre risas.

- Sus bromas son pésimas – dijo Akanishi apareciendo de pronto detrás de Kazuya, que se sobresaltó visiblemente. –Mereces que te azote -agregó, en dirección a Taguchi.

Taguchi respondió con una sonrisa, pero Kazuya lo miraba asustado y sin comprender por qué Taguchi seguía sonriendo.

- Supongo que ya conociste al cuidador de caballos… -la expresión de Akanishi se suavizó al dirigirse a Kazuya. No era algo premeditado y le habría causado una gran afectación si lo hubiera notado. Pero no lo hizo. -Ehmm... puedes ayudarlo mientras reviso qué tal están.

- Sí, patrón.

Kazuya comprendió entonces que el patrón no hablaba en serio sobre los azotes. Sin embargo, le tomó algunos instantes dejar de temblar.

Mientras ayudaba a Taguchi a alimentar a los caballos, dirigió su mirada al patrón subiéndose a uno de ellos y tomando las riendas con fuerza, nuevamente hipnotizado en sus dedos, que se tensaban alrededor de ellas. Apartó la vista apresuradamente, esperando que el patrón no hubiese notado su desvarío.

El resto del día se fue en acompañar al patrón en sus labores, sin hacer muchas cosas en particular. Akanishi no sabía qué cosas pedirle más allá de “Pásame eso” o “sostenme esto”. Kazuya estaba comenzando a preguntarse si el patrón lo creía inútil.

- Mañana iremos al pueblo –anunció de pronto, Akanishi. La cocinera le había servido la cena y Kazuya se aprontaba para retirarse a cenar en la cocina, antes de dormir. –Me acompañarás a la misa… el señorito Ueda estará ahí.

- Sí, patrón.

- Verá que también puedo tener un sirviente… -prosiguió el patrón, pero Kazuya tuvo el presentimiento de que era más para sí mismo que para él. -Debe creerse lo máximo por tener uno.

La expresión en el rostro de Akanishi tenía algo que lo asustaba y lo intrigaba al mismo tiempo. Kazuya le dedicó un quedo saludo final antes de salir de la habitación, demasiado cansado como para pensar en nada que no fuera comida y una cama blanda en la que dormir.


Al día siguiente, Kazuya volvió a intentar despertar al patrón llamándolo desde afuera de su habitación, sin resultado. Al igual que el día anterior, entró a la habitación, no sin antes decir un “permiso patrón” de cortesía, pues Akanishi dormía profundamente. Esta vez fue directo a zamarrearlo, suavemente.


- Patrón, despierte, es la hora. -instó, mientras lo mecía. La forma en que Akanishi se defendía le provocaba cierta ternura, pero no cesó en sus intentos. -Debemos ir a misa.

- No quiero –balbuceó miserablemente Akanishi, sin abrir los ojos. –No quiero ir a misa, quiero dormir.

- Usted quería ir porque el señorito Ueda estaría ahí, quería mostrarle que también tenía un sirviente -la voz de Kazuya era más firme que el día anterior y su actitud atisbaba una diligencia que había mantenido oculta hasta entonces. -Pero si quiere lo dejo seguir durmiendo. ¿Quiere eso, patrón?

Akanishi abrió violentamente los ojos y tomó con fuerza el brazo de Kazuya, que no pudo evitar asustarse preguntándose qué había hecho mal, o si había dicho demasiado.

- DEBO ir – dijo. –Debemos ir.

Jin no dedicó demasiado tiempo a vestirse y arreglarse mientras Kazuya lo esperaba junto a la puerta, fuera de su habitación. Daba igual, concluyó Kazuya cuando el patrón finalmente emergió, listo para salir, Akanishi podía colocarse los peores harapos encina y lucir bien igual. Vestido con su traje de domingo era realmente algo sobresaliente. Kazuya bajó la vista avergonzado y se aprestó a salir.

Salieron al establo en busca de caballos, Taguchi los esperaba con dos listos. Kazuya no se atrevió a mirar de nuevo a Jin en todo el trayecto.

La misa siempre había sido un desafío para Akanishi, desafío de concentrarse y escucharla completa, y desafío de no dormirse.

- Debes despertarme si me duermo – le dijo a Kazuya.

Pero no se quedó dormido, pues cada vez que sentía que eso iba a pasar, recordaba haberle dicho a Kazuya que lo despertara y lo miraba. Y de alguna manera era interesante y entretenido mirarlo. Mas aún cuando Kazuya notó sus ojos en él y lo miró rápidamente de reojo, volviendo la vista al frente de inmediato, sintiéndose nervioso y con las mejillas levemente sonrosadas. Akanishi sonrío ante la reacción de su sirviente.

Hizo una vista general de las personas en el lugar hasta que encontró al señorito Ueda, siempre con esa mirada ferviente en las misas y a su lado, su nuevo sirviente, que escuchaba al parecer atento las palabras del padre.

Apenas terminó la misa, Akanishi salió rápidamente del lugar y se apoyó en las afueras, con Kazuya a su lado, esperando a que el señorito Ueda saliera.

- ¿Por qué se tarda tanto? ¿Se quedó hablando con el Padre o qué?- murmuró Akanishi, perdiendo la paciencia.

-Tengo hambre, quiero almorzar… maldito Señorito -agregó, pero su supuesto veneno, más que terrorífico, parecía malcriado a los ojos de Kazuya. Suprimió una sonrisa.

Por fin, el señorito Ueda cruzó la puerta de salida de la iglesia, acompañado de su sirviente. Akanishi rápidamente miró hacia el lado contrario, y con fingida casualidad giró su rostro hacia donde el señorito Ueda estaba

- ¡Oh! Que coincidencia encontrarnos aquí, no esperaba verte -exclamó Jin con sorpresa mal fingida.

El señorito Ueda lo miró escépticamente.

- Siempre vengo a misa –respondió, con dudosa paciencia.

- Así que tienes un sirviente… interesante –continuó Akanishi, ignorando el comentario anterior y tomando a Kazuya del brazo para acercarlo. -Yo también tengo uno.

- Así veo, te felicito, siempre es bueno tener uno -la expresión de Ueda delataba su hastío contenido sólo a medias.

- Sí, es muy útil y hábil – Akanishi intentaba hacerlo sonar como si hubiese hecho que Kazuya lo ayudara en múltiples tareas - ¿Qué cosas hace tu sirviente?

- Lo que hacen todos los sirvientes.

- Por supuesto. No es que no sepa de sirvientes… Pasando a otro tema, has... ¿te han dicho cosas las hadas últimamente? - Akanishi bajó el tono de voz y se acercó mas al señorito Ueda, que lo miró como quien miraría a un loco.

- Hadas... tú hablabas con ellas -insistió Akanishi.

- Decir que las hadas existen es un blasfemia... éramos jóvenes... ¿Creíste eso todo esto tiempo?

- Por supuesto que no -Akanishi se rascó la punta de la nariz, avergonzado. -Sólo bromeaba...

Después de un incómodo silencio, el señorito Ueda habló.

- Fue un gusto conversar contigo, ahora, si me disculpas, hay cosas que debo hacer. Que tengas un buen día y que Dios te bendiga.

El señorito Ueda se fue, dejando a Akanishi molesto y a Kazuya, a su lado, decididamente incómodo.

- “Lo que hacen todos los sirvientes” –dijo imitándolo con voz aguda, que no se parecía en nada a la del señorito Ueda. –Como si uno naciera sabiendo esas cosas.

Kazuya se sentía culpable de no ser de mayor utilidad para su patrón, odiaba sentirse inútil y hasta ahora, su nuevo patrón había sido una gran mejora con respecto al anterior. Quería encontrar la manera de ayudar en algo.

- Puedo cocinar – dijo Kazuya, de pronto.

- Tengo una cocinera para eso… - respondió Akanishi. –Pero estoy seguro que me serás de utilidad, si él tiene un sirviente, debe ser porque lo necesita para cosas…Y hablando de comida, muero de hambre. Comamos en el pueblo, no podría soportar esperar hasta llegar al fundo.

Entraron al primer local de comidas que vieron abierto, un hostal presentable que servía almuerzos, cerca de la iglesia. Mientras esperaban, Akanishi se dedicó a observar a Kazuya.

- ¿Por qué eres tan esquelético? – preguntó Akanishi, de la nada, mientras tomaba un trozo del pan que habían traído para ellos.

- Porque no solía comer mucho -explicó simplemente Kazuya. La mirada escrutinizante de su patrón lo hacía sentir un poco nervioso. Había temas sobre los que no le gustaba hablar.

- ¿Por qué? -insistió Akanishi, masticando sin cuidado el pan que se había llevado a la boca.

- Porque… solían castigarme siempre, hacía enojar a mi patrón, así que me quedaba sin comida cuando eso pasaba -mortificado, Kazuya sólo podía jugar con las migas del pan que había tomado para él.

- ¿Así que eres de esos?

Kazuya no supo qué responder.

- No lo pareces – siguió Akanishi. –Sólo… no me hagas enojar a mí.

- No lo haré, patrón -aseguró Kazuya con la voz débil y aún sin dejar de jugar con el pan.

Cuando llegó la comida, Akanishi se sintió inmensamente feliz, miró a Kazuya sonriendo.

- ¡Come! Así serás un sirviente muy fuerte –animó, mientras se llevaba la comida a la boca con gusto.

A pesar de lo incómodo que lo hacía sentir estar compartiendo la mesa con el patrón, la alegría de Jin era contagiosa y era muy insistente en su intención de hacerlo comer. Evidentemente Akanishi adoraba la comida. Kazuya también sonrió, ampliamente, mirando su plato. Y fue la primera vez que Akanishi lo vio sonreír, era adorable, tan adorable, que la comida cayó de su boca.

- Tú no viste esto – sentenció Akanishi, avergonzado y con el ceño fruncido.

Comieron en silencio, Akanishi estaba absorto en el hecho de tragar, y Kazuya no se sentía en derecho de hablar por su cuenta e interrumpir a su patrón mientras comía tan efusivamente. Al terminar Akanishi soltó un suspiro de satisfacción, Kazuya levantó la vista para verlo, y notó que tenía un poco de comida a un costado del labio, tenía cierta gracia, pero no podía reír. Se mordió el labio.

- ¿Qué?- preguntó Akanishi, que notó el cambio de expresión en Kazuya.

- No es nada, patrón.

- ¿Le estas mintiendo a tu patrón?

Kazuya volvió a levantar la vista, asustado, no había escapatoria, y no podía dejar a su patrón caminar por el pueblo con comida en la cara.

- Tiene… comida… ahí –dijo tímidamente, apuntando en su rostro el lugar donde quedaba comida.

Akanishi pasó la lengua por sus labios, causando que Kazuya sintiera que debía apartar la mirada.

- ¿Y ahora?- preguntó Akanishi.

- Aún – mirándolo fugazmente.

Akanishi sonrió levemente.

- Límpiame – ordenó.


- Sí, patrón.

Kazuya tomó una servilleta de la mesa y se inclinó lo suficiente para que al estirar su brazo pudiese alcanzar a su patrón, que lo miraba intensamente a los ojos.

Akanishi notó que su corazón latía más fuerte los segundos antes de que la mano de Kazuya llegase a sus labios. Sus movimientos eran suaves y se sentían aún a través del material de la servilleta.

Sin que Kazuya lo notara, Akanishi acercó la mano a su rostro.

- No soy el único que no nota la comida en su cara – dijo Akanishi.

Comenzó a limpiarlo, pero a centímetros de los labios de Kazuya se detuvo, súbitamente se sentía más nervioso y ansioso que antes, su sirviente se veía notoriamente avergonzado. Continuó lentamente, intentando demostrar que no estaba afectado al sentir los labios de Kazuya bajo sus dedos, ni al sentir levemente su respiración.

Pero no había comida en el rostro de Kazuya y se convenció de que lo hacía para no quedar como el único idiota descuidado, ignorando la parte de su mente que se preguntaba qué rayos hacía limpiándole comida imaginaria a su sirviente.

Terminaron de comer en silencio y Jin incluso rechazó el postre que le ofrecieron, molesto con el mundo en general.

El calor fue insoportable durante el camino de regreso, lo que no mejoró para nada su mal humor. Kazuya, cabalgando con la cabeza baja a su lado, evitaba mirarlo a toda costa y esto también lo irritaba. Apretó las riendas de su caballo con fuerza, pero ni siquiera el ligero dolor del cuero en sus dedos pudo borrar el recuerdo de los labios de Kazuya bajo ellos.

Finalmente, al llegar a su fundo, Akanishi bajó violentamente del caballo y se dirigió hacia la casa, gritando órdenes a diestra y siniestra, mientras Kazuya lo observaba alejarse con una sensación extraña hormigueando en cada parte de su cuerpo. Habría deseado que sólo se tratara de miedo.

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